Por suerte se han acabado los parciales y las entregas de TP, así que esperemos que pueda volver al ritmo de subidas aquí en el blog para que no se olviden de mí xD!
Para entrar en calor, les dejo un intento de cuento policial -más bien relato- que aunque escribí con cierta seriedad, a mí y a mi comadre, nos vale más de una risa xD.
¡Nos vemos pronto -ojalá-!
Título: "Rizos de oro"
Autor: lonely soul
Género: General - ¿policial?
Parejas: --
Advertencias: Ninguna
Fecha: Agosto 10'
Encontraron el cadáver de una famosa escritora, en su alcoba. Ha sido estrangulada pero la conmoción no dura mucho: el detective ya sabe quién es el culpable.
Rizos de oro
La muerte de la señora Niní Koll no tomó a nadie de sorpresa. Su actitud altanera e hipócrita le había ganado unos cuantos enemigos, además del descontento que corría entre los que aún se contaban entre sus amistades. No se podía decir siquiera, que su amante Efarías se hubiera sorprendido cuando la encontró boca abajo en su cama, pálida como las estatuas que resguardaban la entrada de su casa, en los fueros internos de la ciudad de Londres. Su rostro, que había quedado cubierto por sus cabellos negros como un manto de luto preparado y entretejido en oro, mostraba el terror que había acusado su cuerpo en el momento de su muerte. Causa del deceso: Asfixia. El enviado de la morgue no necesitó ni tocarla para saber aquello, pero bajo la insistente mirada de Noel Michaellis, no pudo sino terminar de auscultar el cuerpo.
—Muerte por asfixia. Las marcas en su cuello indican, que el perpetrador se encontraba detrás de la víctima al momento del estrangulamiento.
—Lo más probable es que haya ocurrido allí mismo —contestó el detective, acercándose a la víctima para observar mejor su rostro.
—Pareciera lo más lógico. Sus manos se agarraron a las sábanas y así fue como la encontramos. Hubo resistencia de su parte, pero dada la posición en la que estaba, no pudo hacer mucho —el detective asintió—. ¿Necesita que vea algo más?
—No, creo que no, al parecer el asesinato no fue planeado por lo que él o la asesina huyó sin darse cuenta que se había dejado algo sobre la cama.
—¿Cómo dice? —el doctor miró desconcertado hacia la cama, notando por primera vez una cigarrera de metal.
—Debe haberse asustado al darse cuenta de lo que había hecho y huyó sin notar que en el forcejeo se le cayó algo. Si usted se fija, notará que las iniciales no concuerdan ni con las de la señora ni con las del señor Efarías. —Colocándose el guante de tela blanca, Noel levantó la cigarrera que estaba a un lado de la cintura de la difunta Niní Koll. La llevó cerca de sus ojos para ver mejor las letras grabadas sobre la plata— Una «M» y una «T»…
Un jadeó incrédulo cruzó el aire en la habitación desde la puerta que daba al pasillo. Doctor y detective voltearon sus rostros hacia el portador de aquella voz aguda y molesta y dieron con Efarías, quien se agarraba de la muñeca de María, la mejor amiga de Niní. La fuerza ejercida sobre la pálida extremidad enrojecía la piel de la muchacha, pero ésta no se movía de donde estaba, paralizada en su lugar luego de haber escuchado esas dos fatídicas letras. Noel la observó con mucha lástima, como se observa al perro de un amigo siendo castigado por su dueño. La muchacha petacona daba ese aspecto a la gente que la veía pasear detrás de la pareja Koll. Más que un perro guardián era una mascota, asquerosamente fiel. Y ahí estaba, atrapada bajo la garra del único dueño que le quedaba, con los ojos abiertos como lunas de poetas nostálgicos y el ceño caído como caen las hojas en el otoño. Sin Niní, la presencia de María se marchitaba. Era como una ortiga venenosa clavando sus espinas en la mano de su jardinero.
—Yo… ¿de qué habla? —trató de excusarse ella, sin darse cuenta de todo lo que su rostro había mostrado. Pero no importaba la pena que estuviera sintiendo ahora —pensó Noel—, el daño estaba hecho y lamentablemente, por más esperada y ansiada que hubiera sido esa muerte, la justicia era para todos igual. O por lo menos así intentaba que fuera Noel.
—¿Por qué lo hizo, María? La señora Niní debía tenerle mucha confianza, si la dejó acercarse tanto como para estrangularla desde detrás, sobre la cama. ¿Discutían de trabajo? ¿De la nueva novela que había publicado la señora Koll? —esa, que corría el rumor, era en realidad de usted, señorita Tonnio—, ¿qué le había prometido Niní? ¿Qué luego diría que la novela era suya? Y al final…
La joven lo cortó.
—¿Confianza? —escupió la muchacha, mostrando algo de la bravura española que aún corría por sus venas. De pronto, el cachorro indefenso ya no lo parecía tanto, asemejando el color de sus ojos grises al del pelaje de los lobos perdidos en la nieve—, ¿confianza o servicialismo? Le estaba dando un masaje. Podrían decir: «Oh, qué grandes amigas eran», pero viéndonos lo más seguro es que pensaran que era una criada más —la muchacha bajó el tono de voz—. Creo que hasta yo comencé a pensar aquello.
» Yo toqué el tema, sí. Era un tema delicado —la sorna, que bailaba en su tono, se mezclaba con lágrimas que no escapaban de sus ojos, pero eran tragadas y embarraban su voz—. No quería que Niní se «lo tomara a mal».
—Buscando la confidencialidad… la complicidad que da la cercanía, usted se acercó más a ella y trató de que sus palabras sonaran menos hostiles, hablándole al oído, ¿me equivoco? —la joven mujer y el doctor se sorprendieron.
—Sí, pero cómo…
—Muy fácil, señorita. El color de su pelo, entre el gris y el dorado, es bastante notorio, y con sus rulos crespos seguramente es fácil que quede enganchando en la ropa, y otras cosas, como por ejemplo, el pelo de la señora Koll —la mano enguantada, con la pericia de un cirujano, quitó uno de los tantos cabellos claros que se enredaban con los negros de la muerta, dándole la apariencia de estar entretejido en oro, como había notado a primera vista Noel apenas entró—. Pero ella se debe haber burlado de usted. La señora Koll, después de tantos años prometiéndole publicar alguno de sus libros, finalmente publica uno, pero lo hace bajo su nombre. Y cuando usted le pregunta cuándo se dará a conocer la verdad ella le dice que nunca.
—Conoce usted bien a la señora Koll —le contesta María, con su tono perdido entre las inmensidades de ese cuarto vacío y frío, como la dueña.
—Oh, no, sólo conozco el corazón humano, señorita Tonnio, lamento que usted no haya sabido conocerlo antes de… —levantó las manos, incapaz de continuar la frase y agregar otro ladrillo a la carga de María.
—Lo conocía, pero esperaba que no —se excusó ella—. Realmente esperaba que no.

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1 lunáticos:
Me alegro que hayas terminado con los parciales y trabajos Senpai <3
Aw, a mi me ha gustado mucho la historia :3 Sabes que quiero más textos tuyos de este estilo *3*
Kisses <3
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