Bueeeeeno, lo que traigo hoy es algo que hace rato que tengo ganas de subir; a parte hace rato que no cuelgo nada mío y se fue juntando (no mucho, pero hay para unos días todavía XD). Este cuentote, lo escribí para el cumple de mi comadre, la Noni. No pude dárselo para su cumple y se lo di con un día de retrazo, pero se logró X'D. Yo ya le dije lo mucho que la quiero y lo que significa haber tenido la oportunidad de conocerla, señorita Noni. Esta actualización va totalmente dedicada a ella. Muchos chusses~♥ con todo mi amor :3.

Título: "Music for Freedom"
Autor: lonely soul
Género: General - Romance
Parejas: --
Advertencias: Ninguna
Fecha: Agosto 10'
Aleah es una chica normal a la que sus padres -buenas personas, aunque sobreprotectoras- le han quitado mucho de los goces de su vida, tales sean la pintura y la música. Se ha resignado a estudiar piano y gastar hojas cuadriculadas de sus cuadernos. Pero hay un momento en el que no es la hija modelo, momento en el que escapa a la disquería de su barrio a comprar. Un disco, un sencillo, un póster. Cualquier cosa de esa banda. Y un día se encuentra con Iselah, un muchacho con la cara llena de metal y la música en la voz. Él abrirá las puertas de la libertad para ella. Pero ella deberá decidir con qué quedarse.
¿Libertad o música?
(Pueden bajar algunos temas haciendo clic en sus nombres ;D)
Music for freedom
1
“Believe in all the good things
you keep inside
There is no freedom in life
without freedom of mind.♫
Sinatra - The fire Theft.
Para mi compañera de ruta, la que me banca y la que me hace reír, llorar y alegrarme, siempre. ¡Te quiero Noe!
—x—
El olor a esmalte llegaba hasta su nariz y escocía, pero no por eso dejaba de gustarle. Era agradable sentir ese aroma fresco y picante rodearla con su perfume, aunque ella no fuera propensa a pintarse las uñas. Era su compañera de banco, y mejor amiga, la que siempre llevaba su esmalte a clases aprovechando las más aburridas para pintarse. Nunca faltaba color sobre esas uñas, muy al contrario de Aleah, quien prefería leer un libro o esbozar pequeños dibujos en el borde de las hojas. El que no le gustara pintarse las uñas tenía un poco que ver con eso. Aleah adoraba dibujar, pintar y plasmar todo lo que se le ocurría, pero a sus padres no. Y el pequeño pincel del frasco le recordaba demasiado a la sutileza con la que corrían sobre el lienzo las cerdas sintéticas de sus brochas —esas que su tío alguna vez le regaló—, sobre el atril, frente a sus ojos y saliendo, pincelada a pincelada, de los movimientos de su muñeca. Por eso, la actitud de observar a su amiga, mientras ésta pintaba con sumo cuidado cada una de sus uñas, era una acción que difícilmente podía ser etiquetada con otra palabra que no fuera…
—Masoquista.
Lienne la conocía demasiado bien. Pero Aleah le sonrió, tratando de restarle importancia. No podría pintar sobre grandes telas, pero siempre podía seguir gastando las hojas cuadriculadas de sus carpetas.
—Y tú eres una narcisista y nunca te he dicho nada, Lili.
—Acabas de hacerlo —le dijo victoriosa. Ella solo se encogió de hombros y cerró la carpeta. Ya eran pasadas las dos y media y la profesora de biología nunca tardaba tanto en llegar—. Deja de mirar tanto el reloj, que le vas a hacer un agujero.
—Pero si salimos temprano... —le respondió casi en un ruego. No a Lienne, sino a la profesora, para que no se presentara.
—¿Han sacado otro disco más? —Aleah solo asintió, sin prestarle atención a la exasperación con la que le había hablado su amiga. El estómago le había dado un vuelco a la mención de la palabra ‘disco’ y estaba desesperada por ir a comprárselo. Nunca se imaginó fanatizándose tanto por una banda de música, pero al parecer era posible, hasta para ella, que en todo le hacía caso a sus padres; salvo escasas ocasiones, en las que actuaba como bándalo y se desviaba de la ruta hacia su casa para comprarse los compilados y sencillos a penas salían al mercado. No eran músicos conocidos, y por lo que había llegado a averiguar, seguían tocando en bares. Eran una banda más de indie rock, pero a ella le habían cautivado. La tenía grabada en sus oídos, aquella tarde en la estación de tren, en el anden mientras esperaba para subir; los acordes de la guitarra, la flauta y la voz del cantante habían chocado contra ella, atravesándola con su ritmo alegre y poderoso. La letra estaba llena fuerza, hablaba de sueños y de cómo alcanzarlos; de coraje, de un valor que ella nunca tuvo —ni tiene— para hacer lo que le gusta y oponerse a unos padres que quiere mucho pero que por lo general eran demasiado sobreprotectores.
—Creo que hoy no tendrás tanta suerte, honey. —Aleah levantó una ceja mientras su amiga le hacía señas para que se diera vuelta. Detrás suyo, más imponente que nunca, la profesora Splitter esperaba a que todos le prestaran atención para saludarlos y comenzar la clase. La pena que sintió se debió de traslucir en su rostro, porque Lienne le palmeó el hombro y le sonrió tratando de consolarla.
Pero Aleah tendría ese disco, ese mismo día, aunque fuera lo último que hiciera. Aunque la idea no la preparó para lo que se atrevió a hacer aquella tarde, y ni siquiera mientras llevaba a cabo su travesura estaba segura de ser capaz de terminarla.
—Saluda a tus padres de mi parte, cariño. Tendrías que haberme dicho antes que hoy tenías que retirarte temprano.
Aleah rió algo nerviosa. Era la primera vez que le mentía a la señora Prankin, y odiaba hacerlo, pero sino salía ahora mismo, el local de música cerraría y ella se quedaría sin CD y sin el póster promocional... si es que no se lo habían llevado ya.
—Lo siento, señora Prankin, lo había olvidado por un momento. Les daré su saludo, muchas gracias.
—Ve con cuidado —le dijo la mujer, con una sonrisa de oreja a oreja bajo esos lentes gruesos que aumentaban los pequeños ojos tiernos y llenos de arrugas, logrando que se viera más amorosa y excéntrica de lo que ya era.
»Nos veremos el viernes entonces. Recuerda repasar esas conjugaciones y la formula de las funciones; verás que llegará un punto en que hasta te resultarán divertidas.
«Sólo a usted le pueden parecer divertidas, señora Prankin», fue lo que pensó, pero se abstuvo de decirlo en voz alta.
La despedida no se alargó mucho más, sin embargo Aleah se aseguró de recuperar cada segundo perdido andando lo más rápido que sus piernas se lo permitieran. Emponchada bajo la tonelada de ropa que tenía y sumado a su corta estatura y lo esponjoso de su cuerpo, la gente que la veía pasar seguramente podía imaginarla como una enorme bola de nieve rodando por la acera congelada. Seguro que hacía frío, pero bajo tantas prendas y trotando, ya estaba empezando a sudar y las gotas que corrían por su frente ardían de tan frías que estaban. Ahora que lo pensaba, casi podría decirse que era un milagro que sus padres la dejaran volver sola a casa, a pesar de que en invierno solía estar oscuro para la hora en la que se despedía de la señora Prankin. Ya tenía quince años y a veces le daba vergüenza la actitud sobreprotectora de sus padres. Si fueran malos y la trataran mal tal vez podría decirles algo, pero eran buenos y si la cuidaban tanto era porque la querían. Tampoco era como si ellos le hubieran prohibido escuchar esa banda, pero era cierto también, que no les gustaba que escuchara rock. Tenían la idea de que esa «excusa de música» la llevaría por el mal camino y si tenía en cuenta que cada vez que la banda sacaba algo nuevo, ella literalmente se escapaba para comprárselos, las suposiciones de sus padres no estaban tan erradas. La diferencia radicaba en que ella se escapaba porque a ellos no les gustaba el rock, y no porque Aleah quisiera desobedecer a sus padres y sentirse rebelde. Si existía alguna razón para sus escapadas silenciosas, era el no darle un disgusto a ellos.
«Si no saben, no tienen porqué preocuparse, ¿verdad?» se repitió por décima vez en lo que iba de la segunda cuadra corrida. La valentía de aquel día le había llegado media hora antes de que terminara la clase particular, y la disquería estaba a unas quince cuadras de donde se despidió de la señora Pankrin, alejándose todavía más de su casa. Bajó un poco el guante que cubría su mano y muñeca, y observó entre los vahos que despedía su boca abierta como el reloj peligrosamente se reía de ella al tocar con su aguja el número diez. Diez habían sido también los minutos que había sido retenida en la puerta por la cháchara inacabable de la parlanchina mujer. «Todavía puedo lograrlo. Quince minutos de ida y vuelta. Y espero que no me retengan mucho en la disquería»
Por dentro deseaba que no hubiera ningún cliente dentro del local, y que tampoco se hubiera llevado el póster. Sería el primero que se atrevería a pedir. Lo peor no sería que no estuviera, sino que ya lo hubieran pedido y estuviera allí, pero reservado para otra persona con más suerte que ella. Lienne se lo había dicho varias veces: ese tipo de cosas necesitaban ser reservadas con tiempo y más si esa era la única disquería en el barrio. Aleah no sabía cuántos fanáticos de la banda habría en esa zona, pero con que hubiera uno sería suficiente para que su deseo se viera truncado.
¿Cuántas cuadras había corrido? No las había contado y apenas si recordaba si había parado en las esquinas para ver a los dos lados antes de cruzar, cuando vio el enorme cartel luminoso que anunciaba a la tienda de discos desde más de una cuadra. Ni siquiera se atrevió a mirar de nuevo el reloj por miedo de ver que había tardado más de la cuenta y los minutos y las cuentas se habían ido al demonio. Sino había prestado atención mientras iba hacia allí, nada le aseguraba no encontrar la muerte bajo las ruedas de un auto sin haber podido escuchar el bendito CD. Sacudió con fuerza la cabeza ante la estupidez de sus pensamientos… ¡era un pedazo de plástico! No podía creer lo mucho que un par de canciones podían influenciar en su conducta. Es más, estaba segura que de hablarlo tranquilamente con sus padres ellos no se molestarían ni preocuparían porque ella escuchara a esa banda. Las letras eran demasiado preciosas y alentadoras como para borrar cualquier prejuicio. Pero…
Comenzó a caminar más lentamente estando a solo mitad de cuadra de su ansiado CD de música. ¿Cuántas veces había actuado igual que en ese momento? ¿Cuántas mentiras se acumulaban dentro del peluche despeluzado? Seguramente la misma cantidad que sumaran los sencillos y compilados que descansaban dentro de él. Cuando tocó la barra congelada de la puerta se dio cuenta que ya no había vuelta atrás. Algún día confesaría a sus padres esas mentiras, pero no sería hoy, ni mañana.
—Buenas noches —saludó al entrar. Su piel se empañó de un rocío tan cálido como el ambiente dentro del lugar. La oscuridad que blandía la acera en la noche que se acercaba lentamente por la esquina, se bañaba de luces artificiales allí adentro, entre tubos de neón y cientos de discos separados prolijamente por secciones en cada estantería. No había notado la agitación con la que respiraba hasta que la puerta se cerró opacando los ruidos de la calle. Ni siquiera se atrevió a levantar sus manos enguantadas para revisar el estado de sus trenzas, pelirrojas. Rojas como sus pecas y como sus mejillas por el azoro y la corrida. Mientras recuperaba el aliento se preguntó cuál sería la causa de que nadie hubiera contestado su saludo. Era verdad que no iba muy seguido allí, pero el dueño siempre había sido alguien muy atento con ella, como con todos los clientes. Dirigió su vista hacia el mostrador y lo encontró vacío. Aunque su atención duró poco sobre aquel hecho, cuando su mirada fue absorbida por un papel pegado en la pared. El fondo era amarillo y estaba cubierto de líneas rojas que iban del centro del papel hacia fuera saliendo de lo que parecía una estrella tapada por cuatro personas. A los pies de ellos había una sola palabra escrita en blanco y con el borde en rojo para destacarlo del fondo y decía «FREE». Era el bendito póster, del bendito CD, por el cual —ahora que lo tenía tan cerca— estaba segura que no le importaría sufrir un accidente a la vuelta. Eso, siempre y cuando tuviera la oportunidad de disfrutar del goce de sus arreglos y acordes antes.
Demonios que estaba loca.
—Buenas noches.
La voz a su costado la sobresaltó y por poco choca contra uno de los anaqueles en el que se leían las palabras «Música country». Con guantes y todo, y a pesar de que nada había ocurrido, acercó sus manos hasta los discos como un reflejo bastante tardío de su cuerpo hacia el susto recibido. Sonrojada hasta la médula después de tan patética actuación, trató de sonreír con normalidad buscado olvidar la sorpresa, y por sobre todas las cosas, su torpeza. El susto había sido tal, que no había reparado en que la voz que la había saludado no era la del gentil hombre que siempre la recibía en su negocio. Su vergüenza se duplicó al ver aparecer tras una puerta lateral, a un joven que difícilmente debía pasar de los veinticinco años. Su look, estando en el lugar que estaba acusaba el tipo de música que podía gustarle, con sus cabellos negros engominados y que se mantenía en punta gracias a que no eran muy largos. Tenía un par de piercings en la oreja izquierda y uno en la derecha además de uno sobre la ceja. Hubiera dicho —dentro de su poca educación sobre estilos musicales— que era punk, sino hubiera visto la remera que llevaba puesta y la cual le hacía parecer que el póster era poco en comparación.
«¡Quiero una remera así!» exclamó en su mente. Y lo siguiente que pensó, es que tenía mucha mala suerte. ¿Por qué tenía que gustarle al tendedero la misma banda que ella? Pero como decía su padre: «Perdido por perdido…» Aleah no recordaba cómo continuaba la frase, pero no importaba. Afianzó sus manos en la correa de su mochila y caminó hacia el mostrador.
—Buenas tardes —volvió a repetir—, venía a buscar el último CD de «Around the World», Free… y preguntar si todavía era posible pedir el póster. —¿Hasta qué punto era mala educación hablan sin mirarlo en la cara? Pero tenía mucha vergüenza. La única pregunta que se guardó fue en dónde consiguió su remera. Se volteó para ver en dónde estaba el muchacho y lo vio agachado en uno de los tantos anaqueles a su espalda.
—El CD… aquí está —le contestó sacando uno entre muchos de la fila y mientras se acercaba hacia ella para entregárselo, continuó:— el póster ya está reservado —Aleah sintió que si el disco no le importara tanto como lo hacía, hubiera sido capaz de escaparse de sus manos al escucharlo decir eso—, pero puedo conseguírtelo.
—… ¿eh? —parpadeó varias veces, el muchacho, que le llevaba una cabeza por lo menos, le sonrió quitándole toda seriedad a ese rostro cubierto de metal.
—Puedo ver si les ha quedado alguno en el depósito. No te puedo prometer que sea esta semana, pero si vienes el próximo miércoles…
—¿¡En serio!? —le preguntó, demasiado contenta. A veces la niña de quince años que era afloraba bajo esa capa seria que su timidez emulaba sobre ella.
—No puedo prometerte nada, pero haré el intento. Todo sea por una fan más —Aleah se sonrojó, pero le sonrió con gratitud—, podrías dejarme tu nombre y tu teléfono, para avisarte si sé algo del póster antes del miércoles.
El sonrojo se borró de golpe. No podía dejarle su teléfono sin que sus padres se enteraran que estuvo allí. Y celular no tenía; le habían prometido que tendría uno para su cumpleaños y faltaba un mes todavía.
—¿Puedo dejarte un celular? No estoy mucho en mi casa… —su voz salió estrangulada, pero el muchacho no le preguntó nada cosa que fue mucho de agradecer.
—Claro, claro, espera que tomo papel y lápiz para anotarlo. —Él se perdió tras el mostrador y una vez con el papel en mano, Aleah le dio el número—. ¿Tu nombre?
—Aleah.
—Un gusto Aleah, mi nombre es Iselah. —Sus padres debían de ser tan creativos como los suyos en cuanto nombres. Lo que la llevó a desear que fueran más permisivos en cuanto a sus gustos, pero para ellos el dibujar no la llevaría a nada. Querían lo mejor para ella y sin embargo… —Haré lo posible para avisarte lo más pronto posible.
—Muchísimas gracias.
En silencio pagó por su compra disfrutando del peso del CD sobre sus manos, se despidió del muchacho y lejos de perderse en la ensoñación, en la idea de escuchar el disco apenas llegara a su casa, se preguntó cómo le diría a su amiga que le había dado su celular a un extraño.
—•—
—¿Que hiciste, qué? —le gritó, incrédula. Okay, la reacción era la esperada, ahora el tema era explicarle.
—Le di tu celular al encargado de la tienda de música.
—¿Le diste mi número a un completo extraño? —era la tercera vez que debía asentir a la pregunta de su amiga, Lienne, y la tercera en la que ella le preguntaba lo mismo, pero parecía que no le entraba. En parte era entendible.
—No es un… completo extraño —ni eso le podía refutar, pero si se lo decía seguro se iba a enojar más—, no parecía mal chico, y se le notaba bastante decente —trató de buscar alguna otra buena cualidad, pero no se le ocurría ninguna. Al final sí resultaba que era un completo extraño. Sin embargo, el rostro de su amiga se iluminó.
—¿Chico? ¿no era que era un viejo?
—¡Hey! Ya te he dicho que no llames viejo —su amiga le restó importancia agitando la mano en el aire y Aleah rodó los ojos—. Sí, sí, pero ayer había un chico atendiendo.
—¿Y qué edad le dabas a ese chico? —Lienne parecía haberse olvidado por completo que estaba enojada con ella y Aleah no sabía si alegrarse o exasperarse. Simplemente le siguió la corriente, buscando ver adónde la llevaba todo eso.
—Veinticinco, tal vez menos.
—Las cosas cambian si es así, Aleah, deberías habérmelo dicho antes —casi parecía contenta mientras veía la pantalla de su celular. Aleah hizo una mueca pero no dejó traslucir de ninguna otra manera su insatisfacción. No entendía a sus amigas cuando éstas le decían que le gustaban los chicos mayores. Tampoco es como si a ella le ilusionara demasiado salir con alguien de su edad, con esas excusas de personas que no eran ni niños ni adultos. Ella tampoco sabía dónde encajar en esa línea, pero el amor no era algo que la preocupara. ¿Madurez o inocencia? Imposible de saber.
—Se llama Iselah —le dijo, para que la otra supiera quién era cuando recibiera el llamado o mensaje. «Y era lindo», tuvo que admitir para sus adentros. Se negaba a decírselo a Lienne y darle más vuelo a su cabecita o a las ideas que pudiera maquinar por ser ella misma la que se lo dijera—. Si se contacta contigo, llámame, no creo que mis padres sospechen nada así. Y tampoco le digas nada raro, que no sabe que el número no es mío, Lili.
Lienne entrecerró los ojos.
—Lo has hecho a propósito. —Aleah bufó.
—Deja de buscar conspiraciones, Li, ¿te crees que podía decirle que no era mi cel? Ya actué demasiado raro frente a él como para salirle con más locuras —su amiga no parecía demasiado convencida, pero lo dejó pasar.
Y así fue que el sábado, mientras revisaba la tarea de matemática que les había dejado la profesora, su madre golpeó dos veces en su puerta y ella la dejó pasar.
—Tienes teléfono. Es Lili —su madre adoraba a Lienne, una razón más por la cual no sospecharía de su llamada. La mujer le alcanzó el teléfono inalámbrico —pues todavía no contaba con uno en su habitación— y le dijo:— Dile que hace rato que no viene a cenar, y ya estamos extrañando jugar al Scrabble con ella.
—Se lo diré, así me salva del suplicio —exclamó, sobreactuando su horror. A Aleah no le gustaba ese juego, pero a su amiga sí. Su madre rió mientras cerraba la puerta. Por lo menos tenía cierta privacidad.
«¿Adivina quién acaba de mandarme un mensaje?»
—Hola, Lienne, también me alegro de hablar contigo, ¿que si he tenido un buen día? Oh, sí, pero ahora estoy haciendo...
«Ya, ya» su amiga bufó a través del teléfono «, pensé que con la desesperación que llevabas, tú también te ibas a saltear el saludo, querida.»
—Pues vez que no... —la línea se quedó muda y se resignó a continuar:— ¿qué te ha escrito? —El teléfono estalló en carcajadas.
«A mí no me engañas» dijo entre suspiros, mientras intentaba recuperar el oxígeno perdido. Aleah no dijo nada. «Calma Aleah, que Li te está haciendo un favor, no la cabrees», se dijo. Y su paciencia tuvo recompensa. «Me ha mandado un mensaje, recién-recién, diciéndome que el lunes a la mañana, un amigo le llevaba el póster», le pareció escuchar a través del tubo como si su amiga estuviera presionando los botones del celular. «Menos mal que mandó un mensaje, ¿te imaginas qué hubiera pasado si atendía y no eras tú la que le contestaba?» Aleah no lo había pensado pero suspiró. No había llamado.
—¿Y ya le has respondido? —preguntó con cierto temor, y volvió a suspirar cuando su amiga le dijo que no—. Dile gracias y que intentaré pasar lo más pronto posible.
«¿Y cuándo es eso, genia? ¿Intentarás mentirle de nuevo a tu profesora particular?»
—Ya… algo se me ocurrirá.
Pero no fue así. Eso sí, Lienne tuvo razón en una cosa: no se atrevió a mentirle de nuevo a la señora Pankrin. En cambio, se sintió extraño sacrificar veinte minutos de su clase de piano para escaparse en busca de ese póster ahora tan deseado. Jeanne —la profesora de piano— no tuvo problemas pero se debe haber sentido igual que Aleah cuando se despidió de ella más temprano de lo usual. Profesora y alumna sabían lo mucho que le gustaba la música y lo poco dispuesta que estaba, a faltar a siquiera una de sus clases. Mientras comenzaba a caminar hacia el local, con el sol a su espalda comenzando a ocultarse tras los tejados anaranjados por su brillo líquido, recordaba las veces que incluso fue con un poco de fiebre. Esas veces se había empeñado tanto en ir que sus padres no habían podido hacer nada para detenerla. Tareas urgentes y exámenes; nada la alejaba de la pasión que sentía por el instrumento. La música y el piano eran las únicas cosas que la mantenían cuerda cuando pasaba mucho tiempo sin que pudiera dibujar. Para ella era un misterio como sus padres la habían dejado comenzar las clases de piano, pero se imaginaba que estaban bastantes convencidos de que nunca se le ocurriría tratar de vivir de eso, de la música. En ese sentido, la conocían bastante bien. Aleah no se llevaba bien con las multitudes, por eso el dibujar era su profesión preferida; haciendo lo que le gustaba y ocultándose detrás —y mostrándose a través— de los colores de sus paletas.
—Buenas tardes —dijo, respaldada por el sol que todavía estaba allí, aferrándose entre las sombras a las cosas, como sin querer irse. Esta vez Iselah estaba en el mostrador, atendiendo a otro chico con una mochila a cuadros. Escuchó un suave «buenas tardes» como respuesta y al mirar hacia la caja, él levantó la mirada y le dedicó una sonrisa antes de seguir buscando el vuelto del cliente. Aprovechando esos segundos libres, Aleah se dedicó a curiosear por la tienda. A veces sentía que estaba dentro de una burbuja en cuanto se refería a música, o por lo menos en lo que respecta al rock. Muchas de los nombres de las bandas que estaban allí ni siquiera le sonaban. Algunos otras las conocía muy por encima gracias a Lienne.
«¡Por Dios!» pensó de pronto «, ¿por qué no le pedí a ella que viniera a buscarme el CD… o el póster?» Aunque su amiga no era ninguna tonta y la lenta muchas veces —como en ese momento— era ella misma. Lili no debió decir nada, para poder escaparse del recado. Qué buena amiga. Suspiró.
—¿Nada interesante? —la voz había llegado de tan cerca que no tuvo tiempo de asustarse. A su lado, como un fantasma, Iselah le sonreía. Veía hacia los mismos discos que ella había estado curioseando hasta que se había perdido en sus pensamientos.
Negó suavemente con la cabeza y le devolvió la sonrisa.
—No sé si es que no hay nada interesante o es que no conozco ninguna de estas bandas. Aunque bueno, eso es verdad —sus mejillas, mucho más tibias que la anterior visita, se colorearon de vergüenza. Iselah silbó.
—¿No conoces ninguna banda? —le preguntó, algo incrédulo.
—No, bueno, sí, pero no las he escuchado —rió—. En mi casa son un poco reacios al rock… casi diría a la música en general. O al arte —el muchacho alzó una ceja, sin entender nada de lo que le estaba diciendo—. Lo siento, estoy diciendo muchas tonterías.
—No, está bien —le contestó—. No debes ser la única con padres así. Has venido por el póster. —le dijo luego de una pausa y Aleah asintió.
—Sí, sí, disculpa que no haya venido ayer, pero me fue… imposible.
—Está bien, no tienes porqué disculparte. Ven, lo tengo en el mostrador.
Desde la distancia su vista se dirigió hacia la pequeña barra que hacía de mostrador y sobre la cual, al costado derecho, se encontraba la caja registradora. Al lado de la enorme máquina, había una pequeña bolsa de plástico. Iselah se separó de ella para ir a buscarla y se la entregó en la mano. Aleah no sabía si podía abrirla o no, y se moría por hacerlo y eso que estaba segura que ya se conocía esa imagen de memoria.
—Ábrelo si quieres, se nota que quieres hacerlo.
Aleah no se hizo rogar, ni le molestó saber que su rostro era tan fácil de leer. Creía que era algo común; hay ciertas cosas que las personas no pueden ocultar de nadie, y más si eran cosas que les gustaban. Era como Lienne y sus esmaltes; también era una artista, pero una artista a la que le gustaba usar de lienzo el cuerpo humano. Si le dabas una hoja de papel, no sabría qué hacer, pero no te fueras a ofrecer de conejillo que te cambiaría de pies a cabeza. El resultado no era malo, pero el cambio si era bastante… radical.
Sacó el póster de la bolsa y luego quitó con mucho cuidado el cilindro de papel que lo mantenía enrollado. Apenas se vio suelto la gran lámina se desenrolló sola y tuvo miedo de que se arrugara pero las manos de Iselah la ayudaron a que se mantuviera recto en el aire. El rojo de las rayas que salían de la estrella en el centro brillaba ominoso sobre los rostros de los cuatro integrantes de la banda y la palabra Free nunca había estado más cerca como en ese momento. Free, libre… Freedom… libertad.
—Te gusta la música, pero a tus padres, no —no había sido una pregunta, pero Aleah asintió sin dejar de observar los ojos impresos sobre el papel plastificado.
—¿Cuánto es por esto? —le preguntó, luego de un carraspeo. Por un momento pensó que su garganta se había cerrado por la emoción. El póster temblaba en sus manos y era difícil de ocultarlo mientras lo veía flamear delante de ella. Con manos torpes lo fue enrollando de nuevo sin atreverse a mirar al chico. Su rostro debía traslucir demasiado su felicidad. Sin embargo, los segundos pasaron e Iselah no respondió su pregunta. Para cuando levantó el rostro, el muchacho la estaba mirando fijamente— ¿Sucede algo?
—A ti te gusta la música, pero no sabes mucho de ella… de bandas de rock y eso —esgrimió él y Aleah levantó una ceja sin comprender qué tenía que ver aquello con el pago por el póster.
—Ajáh —contestó ella, asintiendo una vez más con la cabeza.
—…y yo necesito alguien que me ayude con la tienda.
Freedom… casi podía sentirla en sus dedos.
Ése día llegó a su casa cinco minutos más tarde de lo acostumbrado, pero nadie la echó en falta ni se preocupó por demás. Aleah se preguntó en su cabeza —junto a otras miles de preguntas que pululaban por allí— si hubiera sido capaz de darse cuenta si la estaban regañando, o si seguiría en cambio, envuelta en la nebulosa que esas palabras habían causado en ella. Mientras caminaba por el pasillo, notó que todavía tenía el póster en sus manos, pero tampoco se le ocurrió esconderlo. Las palabras del muchacho le habían abierto la cabeza y por allí entraban y salían ideas, preguntas, respuestas, goces y temores. Ella, quien había aceptado casi de inmediato, le había contado a medias cómo era el asunto de sus padres; que no querían que escuchara esa música y que no querían que perdiera el tiempo en cosas que no le darían para vivir. Le dijo también que ellos no sabían de sus escapadas para comprarse los discos de su banda —también le contó cómo los conoció— y que odiaba mentirles.
«Si supieran que las letras de esta banda son las que me mantienen a flote cuando me siento mal… que son tan diferentes de lo que ellos piensan», le había dicho, rogando al aire, como si éste fuera un psicólogo capaz de arreglar sus problemas. Iselah no lo era, tampoco, pero le dio una solución; una a la que hace tiempo le estaba escapando.
«¿Y porqué no se las muestras? ¿por qué no les dices la verdad? Por lo que me cuentas, no son malos padres... tal vez un tanto estrictos, pero tú misma lo dijiste: quieren tu bien» le había respondido. «Ve, inténtalo y si todavía estás dispuesta, el puesto será tuyo. No te ahogues en un vaso de agua, Aleah.»
No te ahogues en un vaso de agua.
Así decía una de las letras de la banda «Around the World», y una de las primeras canciones que pudo escuchar de ellos. ¿Hacía cuánto que escapaba a respuestas que ya conocía? Ella era libre por dentro, como esa canción que decía: «Cree en todas las cosas buenas que guardas en tu interior. No hay libertad en la vida, si no hay libertad en la mente.» b34;Y ella creía en esas cosas. Seguía creyendo en la pintura, aunque a veces tuviera que conformarse con pintar en sus sueños, o con los párpados entornados. Ella era libre cuando tarareaba para sus adentros las melodías de su banda favorita. Y ella quería ser libre de conocer más bandas, de poder pintar, de no saber si se ganaría el pan con sus cuadros, pero poder intentarlo al menos. Y el primer paso era ahora.
—Papá, mamá, tengo algo que decirles…
2
“...let’s walk into the sunshine.
Everybody got something
That they want to sing about,
Laugh about, cry about...”
—x—
Las estaciones fueron pasando, como los días que caían uno a uno del almanaque de la vida. El cielo sobre ella, sobre todos los que caminaban por la calle, era de un celeste bastante especial. Si tuviera que crearlo en su paleta usaría un azul turquesa, le pondría una puntita de cian y una gota de blanco, y no lo mezclaría mucho; dejaría que la pintura y la brocha jugaran sobre el lienzo, como las nubes arriba suyo. El otoño había pasado, el viento había barrido las hojas y sus meses, y la primavera como un capullo que logra su cometido en la vida, había florecido, marchitado y regado sus semillas calurosas para el verano que se venía. Había cumplido los dieciséis y terminando el primer año del secundario. Los alumnos a los que todavía les faltaba rendir algún examen compensatorio seguían concurriendo a clases de apoyo, mientras que los otros ya disfrutaban de sus vacaciones.
Como todos los años desde que conocía a la señora Prankin, se había despedido de ella con un ramo de flores, deseándole unas muy buenas semanas de descanso hasta que el semestre volviera a empezar. Tampoco iría a la casa de Jeanne por un mes, como era habitual en cada receso escolar. No es que le gustara la idea, pero tenía que resignarse. Todos merecían unas vacaciones, por más hermoso que le pareciera que fuera su trabajo.
¿Vieron alguna vez, esos días, que parecen como todos los demás, pero que saben que hay algo diferente, aunque no puedas entender qué? A Aleah le venía ocurriendo aquello desde hace un par de meses; tener esa sensación de que cada calle, cada árbol y cada desconocido con el que se cruzaba no había cambiado, seguían siendo los mismos, pero tenían algo diferente; su propio toque de cian. Era como estar sumergida en una de las canciones de Around the World, una de esas que tanto le gustaba. Tal vez una de su último disco «FREE».
¿Tendría acaso la libertad un color? Y de tenerlo ¿sería cian?
—¡Buenas! —saludó al entrar. El ambiente cálido que la recibiera hace ya tiempo, en invierno, ahora era fresco y seco, esperando a los más calurosos días de verano, que ya se encontraban a la vuelta de la esquina. Había un par de clientes, de los cuales algunos ya les resultaban conocidos. Sin embargo, todos se dieron vuelta hacia ella para saludarla, algo curiosos por el buen humor que traía encima.
—Buenas —la saludó, Iselah, ya del otro lado del mostrador. Su compañero de trabajo. Y había muchas novedades que se desprendía de esa sola frase, para ella, a la que sus padres nunca la habían dejado trabajar diciendo que debía ocuparse nada más de sus estudios. Ahora trabajaba y ganaba su propio dinero, cosa que la hacía muy feliz. Trabajaba en un lugar que le gustaba y que poco a poco se había convertido en su refugio. Era como si le estuvieran pagando por ser feliz. Una ganga—. Eah, ¿de dónde has sacado esa remera?
—¿Eh? —Aleah miró para abajo y por fin entendió a qué se refería su amigo. Ya se había olvidado que la había llevado—. La... la hice yo —le contestó. Llevaba una remera blanca, delante de ella había pintado en colores pasteles ondas asimétricas y sobre ellas una estrella, roja. Con letra manuscrita y algo explotada, como si hubiera sido escrita en apuros, había escrito en su interior «Music for freedom». Cuando había empezado a hacer la remera —con todos los colores y materiales que había comprado con su dinero propio—, tenía ganas de hacer una remera con la temática del último disco de Around the World, pero mientras los escuchaba —ya no escondida, ya sin auriculares—, la abejita de la improvisación le había picado. Pero sentía que esas palabras en su remera tenían mucha razón, por lo menos en su caso.
—¿Y qué pasó con ese concurso? ¿le has dicho a tus padres? —la pregunta la descolocó y el aire pareció perder un poco de esa pizca de cian que traía desde que salió de su casa esa mañana.
—No les he dicho nada. No sé si quiero participar.
—Vienes aquí, con esa remera espectacular, ¿y me dices que vas a despreciar esta oportunidad? —Aleah no supo que contestarle. ¿Estaba segura de no querer participar?
Los que resultaran vencedores ganarían un viaje al museo de Brittier, donde se celebraría la ceremonia de entrega de premios y donde además serían exhibidos los cuadros y demás obras de las diferentes disciplinas hasta que los ganadores del siguiente año fueran decididos. Pero lo más jugoso no era ese viaje, hacia el otro extremo del país, al centro tecnológico y de la música… allí donde ahora radicaban sus héroes musicales. Lo jugoso estaba en la beca, para estudiar arte allí. Lejos, muy lejos de donde vivía; de sus amigos, de sus padres…
—¿Lía? —la llamó.
…y de Iselah.
Su amiga Lienne había conseguido los datos de aquel concurso, organizado por las mismas personas que llevaban a cabo otro certamen, pero en este caso, de maquillaje y peluquería, que es lo que le interesaba a ella. Al principio la idea la había emocionado, además tenía la idea de que de ganar, podrían irse las dos juntas —Lili le había dicho que hasta estaba dispuesta a irse aunque no ganara, porque los mejores institutos estaban allí—. Pero mientras le contaba a Iselah las bases y los plazos, su emoción empezó a flaquear. Tanto así que no se animó ni a contarle a sus padres. ¿Total, para qué? Sino pensaba presentarse.
—No voy a presentarme —le dijo, sin querer mirarlo a los ojos.
—Lía —volvió a llamarla con ese apodo que él le había puesto. La gente a su alrededor había comenzado a llamarla así, pero no era lo mismo, había otra música en el aire cuando él era el que lo decía. Las primeras veces que habló con él, no lo había notado, pero Iselah tenía una voz muy bonita y particular, era grave y rasposa, inesperada para una persona tan joven como él, que andaba en los veinticuatro, y aguda cuando las canciones lo necesitaban así. Iselah atendía la tienda de su abuelo —el hombre que Aleah había conocido antes que a él—, pero su verdadera pasión era la música. No la venta, y no solo escucharla. A él le gustaba cantar, tocar la guitarra y crear letras para las melodías que inventaba. Dedicarse por entero a ello, era un sueño que por el momento estaba postergando hasta que supiera que hacer con ése lugar. Su abuelo había decidido irse a recorrer el mundo con su abuela y lo había dejado a cargo a él porque sabía que iba a cuidar y querer esa tienda tanto como él. Y en parte era verdad. Al parecer esas cuatro paredes lo habían visto crecer, emocionarse por la música, descubrir amores, sus primeros versos. Había muchos recuerdos allí que lo mantenían en pie a él y al lugar. Y él le transmitía todos esos sentimientos en cada nueva banda y estilo que le hacía conocer. Algunas ni siquiera le gustaban, pero él quería mostrarle todo lo que existía; que se empapara en ella. Pronto descubrió que le gustaban las mismas cosas que él, y sí, la primera impresión había sido acertada: él amaba tanto como ella a los «Arounders», como sus fanáticos habían apodado a los miembros. Iselah adoraba la música, y ella también. Ella también lo amaba a él.
—¿Qué te ha picado? —le preguntó el joven al ver que no iba a contestarle.
Aleah frunció el ceño, comenzando a enfurruñarse y no sabía porqué.
—No quiero irme… si es que gano —agregó, pues no era su intención parecer pretenciosa—, tengo mi vida aquí, a mis padres, a mis amigos —calló antes de decir algo que quería escapar de su boca, y al contrario, continuó diciendo una verdad:— Todo.
—Pero tu todo también es el dibujo, Aleah, ¿piensas dejarlo ir?
—Puedo seguir pintando aquí y no tengo que moverme a miles de kilómetros para hacerlo —su voz subió un poco de tono y tuvo que calmarse antes de seguir—. Ahora puedo hacerlo con más libertad que antes.
—¿Pero no es lo mismo que dibujar sobre las hojas de tus cuadernos? Tienes la oportunidad de vivir de lo que te gusta, ¿no era eso lo que querías? Tú oportunidad está allá, en la capital, no aquí.
—¿Y tú, Iselah? —su pregunta había salido como escupida de su boca, enojada. La culpa no la tenía el muchacho, pero a ella le dolía que no le importara si ella decidía marcharse—. ¿Y tu sueño de tener una banda?
Había sido un golpe bajo, pero el orgullo y su enojo no le permitieron retractarse. Los ojos de Iselah se aserraron.
—Es diferente —contestó seco, pero ni su voz extraña y metálica la asustó.
—¿Qué es diferente? Estás aquí, entre miles de discos, cuando los darías todos por tener uno de tu autoría. ¿Qué te detiene?
—La vida. La misma que ahora te está dando la oportunidad a ti y a la que le estás dando la espalda tan descaradamente.
Las mejillas de Aleah se encendieron, y se sintió a punto de llorar. De vuelta sentía el rechazo, acompañado esta vez del remordimiento de haber dicho cosas que seguro dolían y de la verdad de la que siempre escapaba. Iselah suspiró, cerrando los ojos para calmarse, y cuando los abrió le sonrió muy suavemente.
—¿Por qué no quieres ir? —le volvió a preguntar, con suavidad. Ambos se habían olvidado de todo: de los clientes, de la tienda, de si la tierra giraba alrededor del sol o si era al revés. Totalmente resignada, secando las lágrimas imaginarias que corrían por su mejilla, le contestó:
—Allí no hay música.
—¿Música?... ¿Qué no hay música? Es la cuna de la música, Lía —Iselah no había entendido a qué se refería, lo que la hizo sonreír apenada. Negó con la cabeza.
—No importa. Hoy volveré a casa temprano. Tengo que avisarles a mis padres del concurso y un cuadro que preparar.
A partir de ese día, el tiempo en el que iba a la tienda se redujo y cuando iba estaba distraída. Por lo menos así la notó Iselah. Pasaban minutos y minutos sin que ninguno de los dos hablara, cuando antes, ni atendiendo a un cliente podían mantenerse callados. Varias veces le preguntó si le pasaba algo, pero ella sonreía, diciéndole que todo estaba bien, que nada más estaba pensando en su cuadro. Por las pocas palabras que lograba sacarle sabía que ya había comenzado, que tenía un pequeño boceto a medida proporcional con anotaciones y los colores que quería usar. La temática del concurso era bastante libre; tenían que pintar sobre un tema que les gustara, mostrarlo desde su visión utilizando metáforas, las herramientas eran las que estuvieran a su alcance o con las que mejor se manejaran. Había intentado sonsacarle cuál era el tema sobre el que estaba pintado o aunque sea qué estaba usando para pintar, pero ella le decía que era un secreto; que ya se enteraría.
El plazo se acercaba peligrosamente, tenían hasta el día diez de julio, y Aleah había comenzado a pintar a mitad de junio. El mes ya estaba llegando a su fin y ella todavía no entendía qué era lo que estaba faltando para poder terminarlo. Prácticamente había copiado todo lo que había imaginado en su croquis. Miraba el pequeño papel y su cuadro y se veían iguales, pero a los dos algo les faltaba. Había un rostro de perfil, con la boca abierta y de ella salían palabras; la cara parecía acusar un tremendo esfuerzo en su gesto, pero las palabras que salían de su boca estaban escritas con letra prolija y delicada, como si la voz las estuviera cantando con el tono suave y controlado. El fondo celeste unía el rostro con un montón de manchas de colores en los que otras palabras se perdían, palabras y notas, y un pentagrama se enredaba con ellas y como arrastrándolas las llevaba hacia una guitarra, que desde la esquina superior y contraria, parecía estar observando al muchacho fundido en la tela. La música era la única cosa que estaba al nivel de la pintura en su vida, y quería mostrarlo; mostrar lo que significaba para ella la música, mostrar a esa diosa que tanto admiraba, a través de las pinturas, a través de sus clases de piano. Y había tomado como modelo a Iselah, pero no podía decírselo, no se animaba. ¿Qué pensaría si lo supiera? Ni siquiera había notado la manera en la que lo miraba todos los días, parte por su obra, parte porque no podía evitarlo. Sí llegaba a ganar y se iba de allí, lo único que le quedaría para recordar ese amor —del que pensaba deshacerse en cuanto estuviera lo suficientemente lejos de él— era ese cuadro. Y a pesar de que había volcado todo su sentimiento en él, parecía que no era capaz de mostrarlo. ¿Qué era lo que faltaba?
—¿Qué es lo que te falta? ¿qué? —se preguntó Aleah, apretando los puños, y en ellos el pincel y la paleta. Había intentado mostrar el empeño y esfuerzo de los músicos en alcanzar la armonía y cómo esta siempre quedaría supeditada a LA música, arte que fue dejado por los griegos en las manos de Euterpe y Terpsícore, musas que siempre la habían inspirado más para pintar que para el piano.
¿Y si lo que faltaba eran sus sentimientos allí? ¿y si la música no solo era eso, sino también las miles de personas que se conmovían con ella? ¿no faltaban ellos, el público al que la música llegaba? Ellos formaban algo importante y que no podía ser olvidado, ¿y dónde ponerlo?
Se alejó del cuadro. Hombre, guitarra y pentagramas cubrían todo el ancho de la tela. No podía poner la metáfora del lado del cantante, porque más que público, parecería un grupo de cantantes. Y debajo de la música tampoco porque sería ponerlo al mismo nivel a hombre y público.
Una nueva canción comenzó a sonar en el reproductor y la idea vino a su mente como un rayo. Música y público, no eran lo mismo, pero aunque un cantante cantaba por él y por la música, también cantaba para el público, para esa fuerza que los hacía capaces de cantar, de producir las canciones más preciosas, más fuertes, más emotivas. ¿Y qué se buscaba? Emocionar.
Tomó un pomo de cian y el blanco y creo un nuevo color en su paleta. Emoción, su guitarra debía emocionarse. Y lágrimas es lo que faltaban allí.
Retocarlo le terminó de consumir los últimos días que le quedaba antes de que el cierre del plazo fuera anunciado. Su padre la acompañó a entregar su pintura personalmente al museo que se encargaba de hacer las recepciones en la pequeña ciudad. El tubo en el que llevaba el lienzo escapó de sus manos a la de una amable señora que le agradeció por su participación y ahí se acabó todo.
Los resultados estarían para fines de julio y un grupo de cuatro personas seleccionarían las obras, por localidad y luego las mandarían a Brittier donde la última selección se llevaría a cabo.
Aleah estaba nerviosa, pero a la vez entregada. Si no quedaba seleccionada, las cosas se pondrían bastante raras con Iselah, más raras de lo que ya estaban. Estaba segura de que él seguía pensado que la manera en la que lo estaba tratando era por el concurso y sus nervios incontrolables. Incontrolables eran sus nervios, sí, pero no por culpa del concurso.
¿Y si ganaba? ¿Si ganaba y se tenía que ir lejos de allí… lejos de su música? Lejos en búsqueda de su sueño, pero lejos de todo lo que tenía sentido para ella. ¿Ahí que haría?
Y el día llegó. La carta fue depositada en su correo entre boletas de luz y otras propagandas. Su madre había recogido el correo como todas las mañanas y allí estaba la carta. Aleah había salido a hacer unas compras y cuando volvió, su padre y su madre la esperaban en la cocina. El sobre blanco y sobrio estaba sobre el mantel a rallas rojas y brillaba más que los azulejos siempre limpios de las paredes. Y antes de que sus pasos la guiaran hasta la carta, el teléfono sonó. Aleah y su madre saltaron y su padre fue el único que reaccionó y atendió el teléfono.
—¿Diga? —se escuchó la voz de su papá retumbar en la habitación.
Cuando el silencio volvió a ser norma en el ambiente, el hombre se dio vuelta y la miró, primero a ella y luego a su madre.
—Llamaron para confirmar, por las dudas que la carta se hubiera perdido. Me han dicho el resultado.
—x—
Era sábado y la calle estaba bastante tranquila. Aprovechando que no había nadie en el local había bajado la música y había sacado la guitarra de debajo de la barra. Ajustó las cuerdas en sus notas y empezó a rasgarlas. A Iselah le costó arrancar con el ritmo, pero una vez retomado comenzó a acariciar los acordes de esa vieja melodía suya, que no tenía nombre y nunca había terminado. Era de esos «hijos» suyos, que no sabía porqué a pesar de ser canciones nunca terminadas seguían volviendo a su memoria. Ni siquiera necesitaba la partitura para recordarla. Pensó en Aleah mientras miraba hacia la puerta. Las volutas grises de la pelusa flotando contra la luz danzaban en el aire acompañando el sonido desnudo de la guitarra. Muy de fondo, la música del reproductor seguía sonado, suave. ¿Qué andaría haciendo? Los nervios la carcomían y de a poco, se habían ido traspasando hacia su persona.
Cuando menos lo pensó, la vio entrar en el local, con la cabeza gacha, y ni siquiera saludó, cosa muy extraña en ella. Sí, las cosas habían estado raras desde esa discusión que habían tenido antes de que ella decidiera entrar en el concurso, pero siempre saludaba y salvo que tuviera que ver con detalles de la obra, ella contestaba cualquier cosa que le preguntaba. No era la chica con más labia del mundo, pero respondía.
—Buenas, Lía, parece que no te has terminado de levantar de la cama —trató de hacerla reír, pero ella siguió caminado hacia el mostrador, sin mirarlo, sin mirar nada a su alrededor, como una autómata. El local estaba vacío a esas horas de la mañana. Los primeros curiosos comenzaban a caer a eso de las once, once y media. No lo había notado, pero Aleah había llegado un poco tarde ese día—. ¿Pasó algo?
—Me voy —le respondió, como si con eso él pudiera entender todo lo que le pasaba. Había vuelto a esquivarle la mirada—. Esta mañana llegó el resultado, me eligieron. Así que me voy.
Iselah trataba de procesar esas últimas palabras dichas a toda velocidad por la voz demasiado aguda y casi hueca de su compañera de trabajo. Apoyó la guitarra sobre la madera del mostrador y por fin entendió lo que quiso decirle.
—Eso es… ¡grandioso!, ¡lo lograste, Aleah! —intentó imprimirle más alegría a su voz, pero la sorpresa dominaba sus pensamientos y algo más a lo que no podía ponerle nombre.
—Me voy, ¿lo entiendes, verdad? Me voy. Lejos de aquí, de mi familia, mis amigos…
—Pero puedes venir a visitarlos, no es como si no los volvieras a ver, ¿y no has dicho que Lienne quería ir contigo?
Iselah sentía en el aire el aroma a conflicto que ya los había rodeado una vez, el día que todo cambió. Aleah, recién en ese momento se dignó a mirarlo a los ojos y el reproche que vio en ellos no pudo ser confundido con ningún otro sentimiento más.
—¿Y tú? —le preguntó.
—¿Y yo? También estaré esperándote aquí —le sonrió, esperando que eso aliviara los ánimos pero los ojos de la muchacha, con su reproche, se transformaron en lupas tras las lágrimas que todavía eran retenidas entre las pestañas.
—Sólo vine a dejarte esto, y a darte las gracias por todo lo que hiciste por mí. Sin ti, y no te imaginas cuánto, no hubiera podido realizar este sueño. —Aleah le entregó un papelito con una dirección—. Han colocado una reproducción fotográfica de la pintura, en el museo. Si quieres entenderme, ve allí. Adiós.
Aleah, que hacía tiempo que no sonreía, inclinó las comisuras de sus labios para él, antes de besarlo en la mejilla.
Y en un abrir y cerrar de ojos ya no estaba.
La cosa lo había tomado tan de sorpresa, que pasaron horas hasta que se decidió a hacerle caso a la dirección sobre el papel. No recordaba haber tenido un sábado tan atareado en el local de discos y se preguntó si no sería su ansiedad la que le estaba jugando una mala pasada. Luego de saludar al último cliente que quedaba dentro de la disquería, se dispuso a cerrar antes de tiempo, aprovechando para ir ese mismo día al museo, antes de que cerrara sus puertas.
Tomó la motocicleta del garaje, esa que no solía usar mucho y tratando de que los nervios no dominaran su manera de conducir se dirigió hacia allí. Eran las cinco y veinticinco y el museo cerraba puntualmente a las seis. El viaje en motocicleta hasta allí fue más rápido de lo que pensó y le asustaba la idea de haber estado manejando imprudentemente. Los escalones, grandes, fríos y blancos, que adornaban la entrada del museo de arte de la ciudad, fueron subidos de dos en dos por él y antes de llegar a informes ya estaba preguntando dónde estaban las reproducciones de los ganadores. A medida que se acercaba, iba desacelerando el ritmo. Ya desde lejos podía reconocer la pintura de Aleah, porque la conocía más de lo que ella creía. Pero también menos.
La silueta del rostro se fue haciendo más y más conocida para él, hasta que estando a escasos metros se reconoció sobre el lienzo sintético. Era él, entre tonos pasteles, celestes, notas y palabras. Hasta la guitarra de la que caía una cascada pálida y demasiado brillante, era fácilmente reconocible como suya. Era él, y su mundo. El mundo al que él le había dado la espalda.
Iselah no entendía nada de arte, era algo que escapaba de su comprensión. La crítica que podía hacer generalmente era «lindo» «feo» «más o menos». «Me gustó» o «no me gustó». Pero se esforzó esta vez en encontrar el significado oculto de esa obra. Aleah había puesto sus pensamientos allí, esperando que él pudiera entenderlos.
¿Era posible que el corazón comprendiera antes que la mente?
No sabía. Pero en la guitarra, Iselah vio los ojos de Aleah. Y ella lloraba, por él. Él era el culpable de esas lágrimas imaginarias que ahora se plantarían por la eternidad sobre ese lienzo.
¿Y era demasiado tarde? No.
—x—
—¡Aleah! ¡Aleah! —la voz que la llamaba llegaba como de entre un sueño. Ella no sabía si quería girarse y verlo. Fue una mano en su hombro, la que lo obligó a hacerlo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—¿No me dijiste que fuera a ver tu obra para entenderte? No soy la persona más inteligente del mundo cuando se trata de arte, pero lo hice —Iselah no soltaba su hombro. De a poco, su mano fue cayendo hasta tomar la suya—. Y tendrás que esperarme.
—¿Qué?
—Espérame dos años, todavía eres pequeña, y yo soy un viejo —había comenzado a hablar rápido y se internó en un monólogo bajo los sorprendidos ojos de Aleah que lo mirara como si hubiera salido de un sueño—, lo seguiremos siendo en dos años, pero por lo menos no será un crimen. Cumple tu sueño por mí. Te prometo que yo haré algo por el mío también. No lo tomes como una despedida ni como que quiero que te vayas… ¿entiendes lo importante que es esto para ti? Creo que solo hay algo que hará que te marches más tranquila.
—¿... Y qué es eso?
—Te amo.
Epílogo
“...’cause now I only see my dreams
In everything I touch.”
—x—
«¡...idos al estadio de Brittier! ¡Transmitiendo en vivo desde el lugar donde en instantes se presentará la banda más aclamada en los últimos meses!»
«¡Así es Mark! ¡En instantes se darán a conocer los rostros de los cinco integrantes que se han mantenido en el anonimato desde su formación!»
«No se olviden de recordarles a sus amigos que no han podido asistir que esto está siendo transmitido por radio y...»
Las voces de los conductores llegaban a sus oídos de manera lejana, distorsionadas por los pequeños parlantes de la radio. Aleah tenía su viejo cuaderno sobre sus piernas y esbozaba en él, el colorido ramo de rosas dentro del florero que tenía justo frente a ella. Había una tarjeta con un «¡Felicitaciones!» escrito. No era lo único sobre la mesa, aunque ella no le estuviera prestando atención al resto de las cosas. Dentro de lo que debió ser un envoltorio de papel madera, estaba un disco de música, con su caja y en la que en la tapa se veía una reproducción de lo que había sido su puente conector entre ella y la pintura. Entre ella e Iselah. Habían cortado el dibujo original, dándole más hincapié al rostro del cantante. De la guitarra solo se veía la base, de la que seguían cayendo las lágrimas como un arroyo hasta el borde inferior. Todo había sido supervisado por ella y hasta se había encargado de crear la tipografía con la que se escribía el nombre de esa banda, basada en la que había escrito sobre su remera hacía ya más de tres años. «Music for Freedom» era el nombre, y el título del álbum lo había puesto Iselah. La había mirado a los ojos y había cantado el estribillo de esa canción que tanto le gustaba. «It’s you».
Alguien tocó a la puerta y se introdujo en su habitación sin esperar a que ella contestara. Sin embargo, ella no detuvo su lápiz y siguió esbozando las rosas sobre el papel de una manera meticulosa. La otra persona la observaba con la misma intensidad que ella utilizaba para captar los detalles de los pétalos frescos sobre los tallos. Ni siquiera se inmutó cuando alguien se apoyó sobre su espalda y colocó la cabeza en su hombro. Simplemente sonrió.
—¿Estás lista? —le preguntó una voz gruesa y rasposa. Esa que cantaba «It’s you, it’s you, it’s you, for me it’s you».
—Tan lista como se puede estar a punto de pararse frente a miles de personas.
—Oh, vamos, es un pasito de bebé, uno más.
—De un gigante, tal vez. Sabes que no me gustan las multitudes... No sé cómo pudiste convencerme de esto —se giró a ver el rostro de su pareja, disfrutando del cosquilleo de su barba contra su cuello—, ¿estamos a tiempo para cancelar?
Iselah rió y le dio un beso antes de alejarse.
—Estás loca, Lía, ¡vamos a tocar en el estadio Brittier! Donde los Arounders terminaron de saltar a la fama. ¿No quieres cumplir este sueño?
—Es tuyo, no mío —refunfuñó.
—Pero fuiste tú, la que dijo que a Around the World le faltaba un tecladista... prácticamente fue como ofrecerse a tocar con nosotros. Y era el toque que le faltaba —se inclinó más sobre ella para sacarle el lápiz y el cuaderno y la tomó de la mano—. Vamos.
«¡La atmósfera está que explota en el estadio Brittier! Nos están avisando que Music for Freedom ya está tomando sus lugares sobre el escenario, este concierto quedará grabado en los corazones de todos los presentes. La única incógnita es la canción con la que abrirán la noche. ¡Escuchen, es...!»
La voz se perdió bajo los acordes de la guitarra y el bajo, acompañados por el sonido rítmico de un platillo que hacía de metrónomo. Iselah se giró a verla, mientras aprovechaba el silencio de su guitarra. Ambos sonrieron dejándose llevar por los colores de la música y mientras Iselah comenzaba a cantar Aleah tarareaba la letra por lo bajo golpeando con sus dedos las teclas de su piano.
«Every color in the rainbow is not enough,
‘cause now I see my dreams in everything I touch.»
In everything I feel
♪ Versos extraídos de “Sinatra” de The fire theft.

Click Me!
Click Me!




























1 lunáticos:
Uno de los regalos que más aprecio ='). Encima en tiempo record y chateando conmigo todo el rato.
'chas gracias my honey >3<~(L). ¡Te quiero muchooo! =3
Publicar un comentario